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Juan, el discípulo de Jesús, relata el interesantísimo encuentro del Mesías con una mujer samaritana. Cuenta la Biblia que, luego de mucho caminar, Jesús se sentó al lado de un pozo que proveía agua al pueblo, a descansar. Mientras él reposaba se acercó una mujer natural de Samaria a sacar agua del pozo, y ésta mujer, con su atención puesta en tarea fue sorprendida por una petición: Dame un poco de agua.
La samaritana no daba crédito a los que sus oídos habían escuchado, ¿un judío pidiéndome agua? No es sólo que los judíos y los samaritanos no se tratan, es que los judíos se creen superiores a los samaritanos, ¿y este hombre pide agua? Durante todo el pasaje bíblico se nota que la mujer era ligera de palabras, y rápidamente le respondió a Jesús, “¿Cómo se te ocurre pedirme agua, si tú eres judío y yo soy samaritana?”
La diferencia que separaba a Jesús de la mujer samaritana no tenía que ver sólo con nacionalidad, habían muchos elementos involucrados, cultura, religión, prácticas, costumbres, historias, venganzas, heridas, y más. Dos naciones enfrentadas por siglos que no eran capaces de coincidir en asuntos tan básicos como una solicitud humanitaria. En una ocasión Jesús uso esta situación para enseñar con la parábola del Buen Samaritano.
Yo creo que hoy día, a cualquiera de nosotros, hay cosas que nos siguen separando de Jesús.
Si te encontraras buscando respuestas a situaciones en tu vida (yendo a un pozo) y escucharas en tu corazón que Jesucristo te dice: acércate a mí, hablemos. ¿Cuál sería la respuesta? ¿Yo, Señor? Si yo me he equivocado muchas veces, he sido mal padre, o esposo, o hijo, o persona; ¿Cómo se te ocurre hablarme? Tú eres de allá arriba y yo de acá abajo, no podremos ser amigos jamás, no soy digno de escucharte.
“Mira que yo estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré, y cenaré con él, y él conmigo”
Apocalipsis 3: 20
Si te encontraras agobiado porque las cosas no salen como lo planeaste, y además te sientes acusado porque, a pesar de que conoces a Jesús como tu Salvador, no has vivido una vida piadosa, íntegra y en santidad, y escucharas en tú corazón que Jesucristo te dice: ¿Por qué luchas solo? Acércate a mí, hablemos. ¿Cuál sería tú respuesta? No Señor, yo no estoy bien contigo, no me vas a responder. No estoy seguro que me vuelvas a amar como antes, me he equivocado muchas veces y además, hay personas que son más santas que yo. Estas son ideas mías, no creo que quieras hablar conmigo. Si regreso a la iglesia me van a señalar.
“Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad”
1 Juan 1: 9
No es difícil que, al encontrarnos en encrucijadas en nuestras vidas vayamos a buscar soluciones a “pozos” que no son los adecuados, que no son los que nos ofrecen la solución correcta u oportuna, pero lo importante es que cuando Jesús hable, nosotros escuchemos y seamos como la samaritana que allí, en su búsqueda, se encontró con su Salvador y bebió del agua que da vida eterna.
“Si supieras lo que Dios puede dar, y conocieras al que te está pidiendo agua –contestó Jesús-, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua que da vida”
Juan 4: 10
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