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En una ocasión viajaba con la familia en una carretera oscura bajo un fuerte aguacero. Todo a mí alrededor decía que estaba en una situación peligrosa, y la tensión me punzaba en cada músculo. En un momento, un vehículo que iba en sentido contrario pasó sobre un gran charco que baño por completo mi carro y el vidrio parabrisas se inundó de tal manera que no pude ver nada por varios segundos eternos.
Todos en el carro guardaron silencio absoluto, mi esposa puso rápidamente sus manos sobre el tablero y yo sólo pude sostener el volante completamente quieto esperando que Dios metiera su mano. Nos habíamos quedado como ciegos.
Es una bendición poder contar esta historia sin tener nada malo que recordar, pero esos instantes fueron de altísimo riesgo. Ser privados de la visión es una situación que puede ser fatal y no sólo en un auto, también en cualquier aspecto de la vida.
Mencionaré dos tipos de ceguera. La primera es aquella que reconoces y de la que quieres salir. Con regularidad vivimos situaciones que nos disgustan porque no sabemos salir de ellas, o hay cosas que queremos mejorar pero no sabemos cómo hacerlo. En esos momentos es necesario un mentor que nos muestre el camino o un profesor que nos enseñe la técnica apropiada. ¿Dónde está la clave? En qué sabemos que hay algo que no sabemos. Esto nos permite buscar las respuestas y crecer cada día.
El segundo tipo de ceguera es aquella que no sabemos que padecemos. Regularmente está asociada con la soberbia. Estamos seguros que hacemos las cosas bien, que no hay nada que cambiar o mejorar y no permitimos que nadie nos diga lo contrario. Todos a nuestro alrededor ven que estamos cometiendo errores, excepto uno mismo. Está asociada con la soberbia porque es ella la que no permite que reconozcamos la falla. Inunda nuestro corazón y nos hace sentir auto-suficientes, autónomos e independientes. No hay buena intención que valga, ni mentor, ni maestro, ni pastor, ni padre. En este punto la sabiduría popular ha dicho: No hay peor ciego que el que no quiere ver.
La ceguera física es, quizá, la menos perjudicial de todas. En el libro del profeta Oseas Dios dijo, “pues por falta de conocimiento mi pueblo ha sido destruido”*. No darnos la oportunidad de revisar nuestro carácter puede costarnos caro. Es probable que cuando nos demos cuenta que hemos estado equivocados sea demasiado tarde, tengamos que pedirle perdón a muchas personas o el tiempo se haya acabado.
José Saramago dice un su libro Ensayo sobre la ceguera, "Van como fantasmas, ser fantasma debe ser algo así, tener la certeza de que la vida existe, porque cuatro sentidos nos lo dicen, y no poder verla" Si no puedes ver la vida, te falta todo. Si no podemos ver el camino que estamos andando probablemente encontremos un hueco y caigamos en él sin remedio.
Si crees que hay cosas en tu vida que no las ves pero reconoces que quieres verlas, tengo un antídoto para ti, se llama fe.
Marcos lo cuenta así en la biblia:
“Un mendigo ciego llamado Bartimeo estaba sentado junto al camino. Al oír que el que venía era Jesús de Nazaret, se puso a gritar:
— ¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!
Jesús se detuvo y dijo:
— ¿Qué quieres que haga por ti?
—Rabí, quiero ver —respondió el ciego. —Puedes irte —le dijo Jesús—; tu fe te ha sanado”**
Reconoce delante de Dios que hay cosas que debes cambiar, mejorar o crecer; dile a Dios que quieres saber cuáles son y que quieres trabajar en ellas. Deshazte de la soberbia y la próxima vez que te señalen algo di: voy a pensar en lo que me dices, es probable que tengas razón.
Fe es creer con certeza en algo que no vemos. A veces no vemos dónde nos estamos equivocando, pero cuando reconocemos que algo no está bien, Dios hace el resto y nos ayuda a mejorar.
“Al ver la fe de ellos, Jesús dijo: —Amigo, tus pecados quedan perdonados”. ***
*Oseas 4: 6
**Marcos 10: 46-52
***Lucas 5: 20
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