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Desde que estábamos pequeños escuchamos preguntas como: ¿Qué quieres ser cuando seas grande? ¿Qué vas a estudiar en la universidad? ¿En qué te quieres convertir cuando seas adulto?
Todas estas preguntas giran en torno a qué seremos o llegaremos a ser y así la vida va pasando, persiguiendo una meta, un sueño, un objetivo.
Hubo un hombre que creció en un pequeño pueblo de Israel, que amaba a Dios con todo su corazón y que se negó a todos los placeres para cumplir con un objetivo supremo y especial: Anunciar la venida de Jesús. Lo conocían como Juan el Bautista.
Para la época él era un hombre muy singular, vivía en el desierto, comía langostas y miel de abejas, se vestía de un modo rústico y desaliñado y tenía un discurso que no coincidía con las corrientes filosóficas del momento. No se parecía a lo que se oía en Grecia y menos en Roma. Juan era visitado frecuentemente por los sacerdotes y levitas de Jerusalén, y ellos llegaban con una pregunta sencilla y directa: ¿Tú, quién eres?
¿Qué hubiéramos respondido nosotros en una situación semejante? Quizás responderíamos: Yo soy el mejor predicador del pueblo y debes escucharme, o yo soy un profeta muy estudioso de las sagradas escrituras y exijo respeto, o no voy a responder tu pregunta hasta que me digas quién te envió.
Y cuando nos preguntan hoy día quienes somos, ¿Qué respondemos? Soy un excelente estudiante universitario, soy el hijo predilecto de mis padres, soy licenciado, soy ingeniero, soy el más malo de mi calle y todos me temen, soy el más fuerte del gimnasio, soy la mejor bailarina de mi curso, soy la más bella de la escuela.
Cuando le preguntaron a Juan el Bautista quién era, él respondió: Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor (Juan 1:23). Y su siguiente respuesta fue: Yo bautizo con agua; mas en medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis. Este es el que viene después de mí, el que es antes de mí, del cual yo no soy digno de desatar la correa del calzado. (Juan 1: 26-27).
Las dos veces que fue interrogado, él sólo habló de Jesús. Su corazón, sus ojos y su mente estaban puestos en Aquel que era su razón de vivir y su único objetivo en la vida.
Debemos cuidarnos de no estar tan llenos de trofeos, medallas, logros, condecoraciones y placas que olvidemos a quién le debemos todo. Solos no llegaríamos a ninguna parte, no tendríamos fuerzas ni salud para lograr un solo objetivo en la vida.
El apóstol Pablo dijo: Así, todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados a su semejanza con más y más gloria por la acción del Señor, que es el Espíritu. (2 Corintios 3: 18)
Si nos parecemos cada día más a Jesús no nos preguntarán más quienes somos, sino que nos dirán: Yo quiero ser como tú.
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